Después del primer impacto de «Lancha Rápida», leer «Oscuridad Total» de Renata Adler sigue siendo una experiencia sugerente, exuberante y perturbadora.
«La confusión, el continuo estado de alerta, la inexistencia de amarres que te anclen en un puerto firme, la fugacidad de las relaciones, la intensidad de las emociones…» Soy consciente de que parafrasearse a uno mismo debería estar penado por la ley, pero es en estos términos como yo mismo definía ahora hace un año los rasgos principales de «Lancha Rápida», ópera prima de Renata Adler originalmente publicada en 1976 y editada en nuestro país de la mano de Sexto Piso. Y si corro el riesgo de parecer pagado de mí mismo al auto-citarme es, precisamente, porque todo lo dicho entonces sigue siendo cien por cien cierto en «Oscuridad Total«, segundo novela de Adler que originariamente apareció en 1983 y que ha sido editada en nuestro país de nuevo de la mano de la misma editorial.
A lo mencionado en la cita también habría que sumar otras dos constantes que ya deslumbraban en el debut de la escritora: las reflexiones endiabladas sobre el lenguaje y sobre el oficio de periodista, y el retrato incómodo pero certero (y necesario) de la mujer de finales de siglo XX. Adler sigue usando la pluma como escalpelo a la hora de diseccionar el cuerpo femenino vivo y coleando, que late y sangra: «Habíamos sido categóricas respecto a cómo serían nuestras vidas. No serían como las de hijas estereotípicas de padres urbanos de izquierdas, ni como las de las mujeres caídas en pecado de todas las literaturas, ni siquiera como las de las mujeres adúlteras de O’Hara. De todos modos, a diferencia de las mujeres de O’Hara, pocas de nosotras estábamos casadas. Pero, aparte de todo lo demás, estábamos empezando a sentir en nosotras mismas la formación, si no de otro estereotipo, al menos de otro patrón predecible. No casada. Esperando. Cocinando cenas aplicadamente. Saliendo. Trabajando, en ese alfombra, o tapiz quizá, en todo caso en esa labor. Manteniendo viva la sensación de una posibilidad altamente romántica. Esa posibilidad que, educadas e incluso cosmopolitas como éramos, lo sabíamos, por todas las literaturas y por nuestro respeto generacional hacia las instituciones, era una cuestión de no acostarse con alguien a menos que te casaras. Ese año, por fin, se volvió absurdo«.
Sólo sería necesario cambiar una única cosa de la auto-cita que abre este texto: «la fugacidad de las relaciones» ya no hace acto de presencia en «Oscuridad Total» con tanta plenitud como en aquella «Lancha Rápida» en la que la promiscuidad y la sucesión de parejas transitorias aparecían como rasgos definitorios de una trama escurridiza, fracturada, casi agresiva con el lector que buscase una narrativa al uso. «Oscuridad Total«, por el contrario, sí que despliega ante el lector un «argumento» al uso… aunque eso no signifique que Renata Adler haga concesión alguna a la facilidad que adormece a los lectores del nuevo siglo. Desde los primeros párrafos, es fácil saber «de qué va» el libro, algo que no pasaba en la primera novela de la autora (que era, por cierto, lo más similar a introducirse en el ojo de un huracán y observar cómo el caos arrasa y deforma el mundo a tu alrededor). Aquí hay una protagonista definida, Kate Ennis, que está intentando sobreponerse a la ruptura de una larga relación de ocho años con un hombre casado, Jake.
Amor, obsesión. Individualidad, arte. Todo ello está presente en «Oscuridad Total» trenzándose en una novela tan elusiva como fascinante.
Ahora bien, que haya un argumento no significa que este se desarrolle siguiendo los preceptos habituales que obligan a una presentación, un nudo y un desenlace. El lector aterriza en «Oscuridad Total» in media res, cuando la ruptura ya es un hecho. Las frases / muleta se repiten con frecuencia en una especie de diálogo interior en el que Renata charla con Renata, se escruta a sí misma, se critica con dureza, lame sus propias heridas. Pero cuando parece que todo empieza a estar claro, el segundo capítulo del libro relata el surrealista viaje de la protagonista a Irlanda que bien podría ser una respuesta femenina (y sin necesidad del ponche de ácido lisérgico) a Hunter S. Thompson. En el tercer y último episodio, Kate viajará a una isla a la que siempre habían dicho que viajarían con Jake, en una especie de resolución que, sin embargo, nada tiene de resolución.
El desorden como espejo directo de la fragmentación de un espíritu herido por una ruptura pero empoderado por la reivindicación del espacio propio, la toma de decisiones a favor de una misma y no en contra. A este respecto, «Oscuridad Total» sigue viéndose recorrida por una especie de dulce confusión entre la ficción (de Kate) y la realidad (de Renata). En su viaje a Irlanda, al pensar en qué apellido falso usar en el aeropuerto, el primero que pensará la protagonista es Adler, alegando que es una confusión habitual. Como en «Lancha Rápida«, la frontera entre el personaje y la escritora es frágil, como un velo entre dos dimensiones intercomunicadas.
Al fin y al cabo, el retrato de mujer fuerte pero contradictoria que protagoniza «Oscuridad Total» tiene mucho que ver con la figura de Renata Adler que muchos nos hemos formado en nuestras cabezas a partir de su literatura. Puede verse el corazón de la escritora más que el del personaje cuando escribe pasajes como el siguiente: «Cuando aprendí que la musaraña, la pobre musaraña sin evolucionar, ignorante, seguirá dando un salto en un lugar de su camino donde hubo un obstáculo, una roca quizá, pero ya no está, bueno, pensé en todos esos sitios donde, aunque los obstáculos han sido eliminados hace mucho, uno persiste o bien en saltar o en dar un largo rodeo. Parece un sobresalto innecesario o una pérdida de tiempo y energía. Y sin embargo, si sientes una profunda aversión por un sitio simplemente porque una vez hubo allí un obstáculo, o por tu incapacidad de discernir que el obstáculo ya no existe, o por indiferencia respecto a i existe o no, o si el hábito de saltar sin sentido, o dar un rodeo, o incluso darte la vuelta alicaído se ha convertido para ti en el camino en sí, o si tienes una necesidad supersticiosa de tratar el lugar como si el obstáculo permaneciera, o incluso crees que descubrir que el obstáculo ha desaparecido es en sí una afrenta punible, si alguna de estas cosas te parece cierta, entonces estás perdido. O probablemente perdido, a menos que el camino habitual, la compulsión, el salto, la vuelta atrás, el largo rodeo tengan para ti otro valor. La individualidad, por ejemplo, el amor, la obsesión. O para el caso, el arte.»
Amor, obsesión. Individualidad, arte. Todo ello está presente en «Oscuridad Total» trenzándose en una novela tan elusiva como fascinante. Una novela en el que cualquiera mujer puede verse reflejada y en el que cualquier hombre puede aprender un par de lecciones lejos de las generalizaciones de género que siguen alimentándose incluso en el siglo 21. [Más información en la web de Sexto Piso]