No sabemos si «Detroit: Become Human» es el futuro de los videojuegos… Pero, mirad, es tan alucinante que esperamos que sí que sea el futuro del cine.
Tras haber completado «Detroit: Become Human» por vez primera (y puntualizo lo de «por vez primera» porque vendrás muchas otras en las que seguir explorando las posibilidades casi infinitas de este título), no tengo demasiado claro si es correcto calificarlo como videojuego o más bien como una especie de puente entre los videojuegos y el cine. Y una cosa lleva a la otra: de la misma forma y, en correspondencia al subidón que supone jugar a «Detroit: Become Human«, no sé si ponerme maximalista y confirmar que este es el futuro de los videojuegos… o más bien es el futuro de una industria del cine que hace tiempo que da palos al agua sin encontrar soluciones a su actual crisis.
Pero vayamos por partes, porque para entender de dónde salen todas estas reflexiones y preguntas antes hay que entender de dónde sale «Detroit: Become Human«, uno de los exclusivos de PS4 imprescindibles para entender el año 2018 en la industria de los videojuegos. A ese respecto, no está de más aclarar que este juego es, fundamentalmente, la primera gran cúspide creativa de Quantic Dream, el estudio de creación de videojuegos que se dedica a dar forma a los proyectos cada vez más locos de David Cage. Ambos nombres te sonarán porque venían ligados a dos de los grandes títulos de la anterior generación de videoconsolas: «Heavy Rain» y «Beyond: Two Souls«.
Estos dos lanzamientos dejaron bien clarita cuál era la visión de los videojuegos según David Cage. En grandes pinceladas, esa visión podría resumirse tres rasgos primordiales que incluirían una complejidad narrativa digna de la mejor serie de televisión (ojo, que ya no hablo de cine, sino de televisión y su capacidad para extender el tempo narrativo tanto en horizontal como en vertical, sobre todo en profundidad), una enloquecedora multiplicidad de líneas argumentales que se van desarrollando dependiendo de las elecciones del jugador y, por último, un estilo de juego basado en el contraste entre la contemplación absoluta y la locura del «aprieta el botón adecuado en el momento adecuado».
Estas tres coordenadas básicas ya llevaron a «Heavy Rain» y a «Beyond: Two Souls» a rozar la excelencia… Pero hay que reconocer que ha sido en «Detroit: Become Human» cuando Cage y Quantic Dream no solo han conquistado esa excelencia, sino que incluso la han sublimado obligando a cualquiera que se acerque a este título a preguntar: ¿qué ha de tener un videojuego para que lo consideremos como tal? Porque, al fin y al cabo, estos tres títulos de los que estamos hablando son lo más parecido a «jugar una película (larga)», por muy extraño que suene.
Resulta innegable que muy pocos en toda la historia de los videojuegos podrían acercarse al nivel de excelencia narrativa que alcanza «Detroit: Become Human«. Sobre todo, debido a la propia complejidad y profundidad de la trama, que se estructura en base a la historia de tres personajes que avanzan en paralelo hasta cruzarse en el inevitable grand finale. Son las historias de tres seres cibernéticos que, en un futuro próximo en el que los androides se han convertido en una ayuda imprescindible para todas las familias gracias a la tecnología de la compañía CyberLife, representan tres puntos de vista diferentes de una problemática incipiente.
Por un lado está Connor, el primer androide policía destinado a investigar los casos de «divergentes»: androides presuntamente corruptos que dejan de acatar las órdenes de sus amos, desarrollan una conciencia independiente y que parece que se están agrupando con motivos oscuros. También está Kara, una androide divergente en una huida desesperada después de asesinar a su dueño para defender a la hija de este, a la que quiere conducir hasta un lugar seguro para ambas. Y por último tenemos a Markus, un androide que se hace divergente para proteger a su dueño de un hijo violento y que acaba liderando una revolución en la que los androides reclamarán ser tratados con la dignidad que se le presupone a todo ser vivo con consciencia propia.
«Detroit: Become Human» funciona como una tragedia de la literatura rusa clásica en la que se plantea una problemática que se intenta resolver a partir de las aportaciones de diferentes personajes, cada uno de los cuales aporta una visión diferente. Y hay que reconocer que, en esta ocasión, David Cage ha dado en la diana con una temática que no podría resultar más relevante a día de hoy, justo en el momento en el que vivimos la resurrección de «Blade Runner 2049» dando continuidad a la historia de aquellos replicantes que obligaron a los humanos a plantearse si los androides soñaban con ovejas electrónicas. También es el momento en el que «Westworld» se está desplegando ante los espectadores televisivos como un fresco de amplísimas dimensiones capaz de partir del sci-fi clásico para dirigirse hacia reflexiones existencialistas en torno a la posibilidad de que los androides desarrollen una conciencia similar a la de los humanos (y que, por lo tanto, nos obligue a tratarles con más humanidad que la que mostramos hacia nuestro microondas) y la amenaza de que, en contraposición a la nuestra, la suya sea una consciencia que no muera y que se alargue hacia la eternidad.
En este momento histórico, David Cage ha decidido aportar su granito de arena a este debate con «Detroit: Become Human«, un videojuego que se atreve a lanzar sobre el jugador todo un conjunto de disquisiciones morales y filosóficas con tal de conseguir hacerle sentir toda una paleta de emociones realmente extrañas en el mundo de las videoconsolas. Y lo hace obligando al jugador a alejarse y despegarse de su propia personalidad y a ponerse realmente bajo la piel de cada uno de los personajes…
Esto es algo que todos los juegos intentan: que te identifiques plenamente con el protagonista. Pero «Detroit: Become Human» lo consigue a unos niveles realmente extremos. Me explico usando un ejemplo de mi propia experiencia con el título… Está claro que, como es habitual, al principio de mi partida iba perdido y desconocía las tramas argumentales de cada uno de los personajes, por lo que muchas de las decisiones que tomaba eran las decisiones que yo mismo tomaría en una situación así. Pero, poco a poco, «Detroit: Become Human» te obliga a despegarte de tu conciencia humana y a ponerte en la tesitura de tener que pensar como un androide. Y eso es más o menos complejo dependiendo del nivel de divergencia de cada uno de los personajes.
Kara, por ejemplo, se hace divergente muy al principio en la trama, por lo que a partir de ese momento sus decisiones pueden estar siempre justificadas desde la temperamentalidad emocional humana de una madre coraje que debe proteger a su hija contra viento y marea. Pero los casos de Markus y de Connor son más complicados… Markus poco a poco se va convirtiendo en la voz de la revolución androide (tan similar a la revolución por los derechos civiles de los negros en EEUU o de los gays alrededor del mundo), lo que implica que tenga que decidir el nivel de humanidad con el que actuar: ¿opta por la lucha violenta (subrayando la percepción de los androides como máquinas desalmadas) o por la lucha pacífica? Y Connor es más complejo todavía, puesto que, como jugador, te obliga en todo momento a tomar decisiones desde la conciencia de un androide no divergente y que, por lo tanto, debe matar a otros androides si así se lo ordenan.
De nuevo, «Detroit: Become Human» demuestra que su calado filosófico está al nivel de cualquier película de autor europea e incluso de grandes referentes del sci-fi literario filosófico como Ray Bradbury o Philip K. Dick. Pero, ojo, porque el puente que tiende hacia los videojuegos consigue lo insólito: el hecho de que realmente «juegues» y, sobre todo, tomes decisiones constantemente, consigue que tu implicación emocional sea incluso mayor que la habitual en libros y películas. Al fin y al cabo, es el jugador el que explora los escenarios a la búsqueda de pistas y también el que explora las interminables tablas argumentales (que pueden consultarse incluso en las opciones del juego) a la búsqueda del mejor final posible.
O no, porque ahí está lo sublime de «Detroit: Become Human«: que, como jugador, llegará un punto en el que te apetezca rejugar el título tomando las decisiones más nefastas y desalmadas posibles, para ver qué ocurriría con una revolución androide terrorista o con un policía androide que se muestra renuente a hacerse divergente incluso en la encrucijada final. Las posibilidades son infinitas, pero esto no es un «Elige Tu Propia Aventura» como los que leíamos cuando éramos críos: «Detroit: Become Human» es una experiencia insólita dentro de la industria de los videojuegos y dentro de la industria del cine. Es, en definitiva, y tal y como he dicho antes, «jugar a una película». Y no sé si este será el futuro de los videojuegos… Pero, mira, me encantaría que el futuro del cine pasara (en parte, no en su totalidad) por experiencias tan enriquecedoras como esta. [Más información en la web de «Detroit: Become Human»]